Al borde de cumplir 81 años, Luiz Inácio Lula da Silva quiere ser presidente una vez más, la cuarta, y gobernar hasta los 85 años. En una línea se resume el momento de uno de los líderes más importantes de la historia contemporánea de América Latina, un político que pareciera no admitir otra cosa que ser eterno.
«Lula es ya una figura histórica en Brasil, ser presidente una vez más no le va a agregar nada», dijo a EL MUNDO Julio María Sanguinetti, dos veces presidente uruguayo. «Además, lo noto más crispado que en sus dos primeros gobiernos. Lula era muy alegre, ocurrente. Creo que después de su paso por prisión ha quedado un poco marcado psicológicamente».
Cuatro años atrás, Lula terminó sin voz la campaña electoral de cara a unas elecciones en las que derrotaría muy ajustadamente a Jair Bolsonaro, 50,9 a 49,1 por ciento. Cuatro años después, el rival es Flavio, el hijo mayor del expresidente, emblema de la derecha dura brasileña. Pero a Lula, líder hegemónico y sin rival en la izquierda nucleada en torno al Partido de los Trabajadores (PT), todavía le queda voz. Con sus entrevistas, discursos e infinitas apariciones en todo tipo de plataformas mostrando su rutina en el gimnasio viene a decir siempre lo mismo: no me confundan con Joe Biden, yo sí estoy en condiciones de gobernar.
Lula nació en el empobrecido nordeste del país, en una casa de adobe de apenas dos habitaciones en la que sus nueve ocupantes se turnaban en un colchón. Los demás se las arreglaban en el suelo. Su padre lo abandonó cuando tenía dos semanas de vida para formar una familia paralela, en 1964 perdió un dedo de la mano izquierda trabajando como tornero, su primera esposa murió en 1971 de hepatitis, y con ella se fue el hijo que estaba gestando. Superó un cáncer de laringe hace una década, su segunda esposa murió en 2017 y pasó casi dos años en la cárcel entre 2018 y 2019, condenado por corrupción antes de ser liberado por el Supremo Tribunal Federal (STF), que sentenció que el juez que lo había condenado no tenía la competencia para hacerlo.
Profundamente enamorado y dependiente de Rosângela Lula da Silva (Janja), su tercera esposa, 21 años menor que él, alguna vez admitió en una entrevista con la revista Time que la política vive en cada célula de su cuerpo, en su sangre, en su cabeza.
«Yo tengo una causa», dice Lula cuando se le pregunta por qué sigue.
Vendedor ambulante a los ocho años y limpiabotas a los nueve, fue ayudante de tintorería en su adolescencia, antes de ingresar a los 14 a una empresa metalúrgica y convertirse en tornero.
Llegarían los tiempos del liderazgo sindical, seguidos de su crecimiento político durante la dictadura militar iniciada en 1964, y en democracia desde 1985. A esa altura ya había sumado su apodo, «Lula», a su nombre legal. Diputado del PT en 1986, perdió tres elecciones presidenciales consecutivas (1989, 1994 y 1998) antes de ganar las de 2002, 2006 y 2022. Para ese entonces ya había abandonado las camisetas del Che Guevara y moderado su imagen, que atemorizaba a las clases medias brasileñas y a los poderosos empresarios de una de las mayores economías del mundo. Atrás quedaba la provocación de un grupo de empresarios brasileños en 1989, cuando anunciaron que se comprarían un avión para salir todos juntos del país si Lula era presidente.
Lula es, sobre todas las cosas, un profundo pragmático. Su política económica estuvo lejos de las ensoñaciones estatistas de muchos de sus vecinos, aunque usa el Estado como palanca en la economía y para subsidios y apoyo a los brasileños más desfavorecidos, que son muchísimos en un país profundamente desigual.
Se considera a sí mismo el líder más importante de América Latina, detesta al argentino Javier Milei y se planta como par ante todos los presidentes y potencias mundiales. Entre ellos, Donald Trump, con el que el antagonismo de los últimos tiempos le rinde en términos electorales.
No hay, sin embargo, sucesor a la vista, todo un problema para la izquierda, porque tarde o temprano, y aunque insista en que vivirá 120 años («¡40 años más!»), Lula confirmará que no es eterno.